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«Cita en Eleusis», por Álvaro Bermejo

Se anunciaba una luna de sangre −Virgo Paritura−. Algo iba a nacer o estaba naciendo en alguna parte, como había nacido ya en el alto llano numantino. Era la cuarta o quinta ocasión que visitaba el Potala de Fernando Sánchez Dragó en Castilfrío de la Sierra. Durante la primera, −¿finales de los 90?−, me contó cómo se proponía materializar una empresa verdaderamente quijotesca cifrada en su Gárgoris y Habidis.

Álvaro Bermejo
[Publicado originalmente en la revista Qué leer, 214, Año 19, noviembre 2015, pp. 44-47]

encuentros eleusinos en Castilfrío
Fernando Sánchez Dragó y Javier Redondo Jordán en el II Encuentro Eleusino en Castilfrío

En su obra magna, Dragó convocaba los mitos originarios del inconsciente colectivo ibérico. Ahora se trataría de alzar allá, en ese pueblecito soriano perdido en el tiempo, una Nueva Eleusis donde pudieran hermanarse toda suerte de buscadores de la sabiduría perenne y el autoconocimiento, compartiéndolo todo, la heterodoxia y el aprendizaje, el pan de la palabra, el vino del misterio y el aceite de la alegría, en una atmósfera de fraternidad espiritual donde nadie fuera más que nadie y todos acabáramos encontrando en cada uno de los demás algo de nosotros mismos.

«Será la obra de mi vida», me confesó Dragó aquella noche, tantos años atrás. Yo no le oculté que me parecía una utopía admirable pero francamente irrealizable. ¿Cómo y de qué manera, en estos tiempos pautados por la pasividad de los mundos virtuales, por la inercia del vértigo urbano, podría suceder que decenas de maestros y centenares de personas acudieran a un paraje carente de infraestructuras básicas, lejos de todo y en el epicentro de la nada?

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Ramiro Calle y Dragó en el III Encuentro Eleusino en Castilfrío

La pregunta se fue respondiendo por sí misma, año tras año, mientras veía alzarse las viejas casonas admirablemente rehabilitadas, sin subvención alguna, como se alza un sueño; las primeras tentativas, una cita en el Café Gijón, un brindis al sol en un programa de radio o de televisión, y, enseguida, la convocatoria del primer Encuentro Eleusino, en julio de 2013. Desde entonces hasta esta última luna de septiembre, entre rasgueas de sitar, ágapes no necesariamente platónicos y noches blancas, la convocatoria de Fernando suma ya una docena de capítulos, en lo medular celebrados en Castilfrío, pero expandidos de año en año, de El Escorial a Almagro, hasta lugares tan remotos como Xauen o Camboya.

Pero, ¿qué importa la distancia, ni el tiempo, ni en el espacio? Sólo cabe una respuesta: las raíces profundas aventadas en Gárgoris y Habidis no estaban muertas, sólo dormidas. La España mágica convocaba a su gente y ésta acudía a la llamada: había nacido la Nueva Eleusis.

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Javier Sierra, Luis Racionero y Dragó charlan durante el desayuno en el VI Encuentro Eleusino en Castilfrío

 
Axis mundi, el epicentro de todo

En la casa de Dragó, bajo la gigantesca cabeza de Buda que nos recibe, siguiendo el camino de la mano izquierda, y aún más el de su mano derecha, Javier Redondo Jordán, por estas puertas polisémicas han pasado pensadores como Luis Racionero, Juan Luis Arsuaga o Ramiro Calle, místicos contemporáneos como Pablo d’Ors o Antonio Escohotado, trovadores como Luis Eduardo Aute, escritoras tan heterodoxas como Anna Grau o Silvia Grijalba, damas griálicas como Victoria Cirlot, indagadores esotéricos como Javier Sierra, viajeros del espíritu como Francisco Seivane, performers pitagóricos como Jaime Buhigas, y hasta fenómenos mediáticos como Frank de la Jungla.

Todo cabe en esta jungla del conocimiento, silva de varia lección, anábasis y katábasis dentro del laberinto. Pero, sobremanera, lugar de encuentros concebido y consumado por ese genius loci en que se trasmuta Dragó aquí, desnudo y enmascarado tras su indestructible sonrisa de Gato de Cheshire.

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Dragó, Luis Eduardo Aute y el Dr. José Miguel Gaona debaten sobre la consciencia en el III Encuentro Eleusino en Castilfrío

Como el Mago de Fowles, ha conseguido hacer realidad su visión en esa isla que tanto pudiera ser egea como cervantina. Aquella luna de sangre lo sabía todo. Ya no necesité preguntarle por los dioses tutelares de este Triptolomeo contemporáneo. Tras la última conferencia y las charlas a la luz de las estrellas, me perdí hasta una pequeña loma abierta a la inmensidad de aquel océano petrificado. Como una emanación del paisaje, me fue fácil remontarme a la Grecia del siglo VI a.C., cuando partía desde Atenas la peregrinación que conducía al santuario de Eleusis, y a su templo mayor, el Telesterion, siempre abierto a la devoción de todos los pueblos.

También entonces el peregrinaje implicaba un aprendizaje. Cada lugar de paso, cada encrucijada, un sentido. El bosquecillo de laureles consagrado a Apolo, en esta Nueva Eleusis machadiana remite a un acebal milenario. El puente iniciático sobre las ciénagas que anunciaban la entrada al Averno tiene su réplica en la divisoria de aguas que, cerca de Ausejo, guardan la cuenca del Duero. Hasta los campos de gramíneas que perfilaban la mítica llanura Rariana se expanden aquí hasta donde alcanza el horizonte invitándonos, igual que entonces, a despertar la memoria del mito paso a paso. Entonces lo entendí: «Es justo al revés», me dije. «Castilfrío no queda en el epicentro de la nada, sino, precisamente, en el epicentro de todo».

Había descubierto un Aleph.

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Dragó y Antonio Escohotado en el VII Encuentro Eleusino en Castilfrío

 
El Aleph de Dragó

Mucho antes que yo, lo dijo con otras palabras Arístides de Atenas: «Eleusis es el santuario común a toda la Tierra. Entre las cosas divinas concedidas a los hombres no hay una sola más grandiosa ni más brillante». Cierto, brillante como un Aleph, profundo como un axis mundi. Así fue la Eleusis del mundo clásico. Y, sin embargo, también entonces acabó siendo objeto del desprecio de la ciencia y la religión ortodoxa, hasta que lo devastaron los arrianos de Alarico en el 396. Hoy, hablemos de la inmortalidad o de las experiencias enteógenas, de los mapas del alma o de los viajes al corazón de las tinieblas, sucede algo semejante con todo lo que orbita en torno al misterio. El pensamiento canónico, la ciencia oficial, la crítica de los eruditos a la violeta, no digamos ya la literatura con pretensiones académicas y aspiraciones de Plèiade, apenas segrega una sonrisa de superioridad condescendiente.

Olvidan que Homero nunca se burló de Perséfone. Ni de su madre, Démeter. Ni de Dionisos. Para mayor escánda lo de canónicos y académicos, ya queda fuera de toda duda afirmar que el padre de la Literatura tal como la entendemos hoy fue un iniciado, miembro de una religión secreta y mistérica que habría sobrevivido a los tiempos matriarcales con sede en Eleusis y Corinto.

Sus puertas eran femeninas, como la sabiduría sagrada en todo tiempo y lugar. A semejanza de Isis, Sophia y Shekinah, Perséfone, la diosa de la vida y de la muerte, y Démeter, la de la cebada y del centeno, apelaban a Dionisos, el dios de la ebriedad, pero también de la iluminación mística, para que les dispensara visiones del paraíso y del infierno.

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Juan Luis Arsuaga y Dragó en el X Encuentro Eleusino en El Escorial

Hablamos mucho de eso durante el último encuentro de Castilfrío, a la espera de que se alzara aquella luna de sangre, Virgo Paritura, sabia y promisoria, en una suerte de aquelarre del conocimiento. Tras la invocación a las sacerdotisas de la Magna Mater, Dragó cedió la palabra a Jesús Calleja para que convocara a los muchos elementales, duendes y meigas, brujos y lamias, que pueblan la rosa de los vientos de la Iberia Mágica. Juan Plantas tenía algo de eso, un punto lisérgico a lo Don Juan de Castaneda, algo del fuego de San Antón, algo del sapo Cambó, algo del hongo Tlaloc-Cristo −«los hongos son el alimento de los dioses», decían los griegos.

Tal vez el hongo escarlata que condujo a Alicia al País de las Maravillas brotó esa noche en los mapas chamánicos del neuropsiquiatra José María Poveda. Tal vez alzó su canto mientras nuestro mejor interlocutor de Jodorowsky, Javier Esteban, tendía en el diván al ánima de cada cual, y aun al Ánima Mundi. Yo me atreví a cruzar los caminos duales del Tao con las estelas discoidales que señalaban las puertas de los muertos, a veces también los pactos con las brujas, en el imaginario de los hijos de Aker y de Aitor. Todo se hermanaba allá por el sortilegio de la palabra. Inspiración y espiración. Respiración envolvente de esa Magna Mater de los pueblos del Mediterráneo, Ama Lur de los vascos preindoeuropeos, Gea de los griegos y de los ecologistas contemporáneos, siempre Démeter, madre de sí misma, divinidad planetaria y telúrica a la vez, la fundadora de la primera Eleusis.

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Dragó y David Jiménez (director del diario ‘El Mundo’) en el IV Encuentro Eleusino en Kampot (Camboya)

 
Comunión eucarística, comunión rabelesiana

Probablemente ella no necesitó experimentar el «Casco de Dios» que el doctor Caona puso sobre la cabeza de Dragó durante aquel VII Encuentro donde se debatía el Don de la Ebriedad con la misma naturalidad con que, en la siguiente sesión, Carmen Giménez-Cuenca nos invitó a preguntarnos si la inmortalidad, hoy, es o no un «Objetivo Smart». Los griegos del siglo VI a.C. se entregaban a rituales mistéricos donde consumían sustancias que les sumían en estados alterados de conciencia. Perséfone les hablaba al oído, desde las tinieblas. Pero así les revelaba el camino hacia la inmortalidad, en el mismo lenguaje hermético que empleamos hoy para diseccionar las claves moleculares de la longevidad, las implicaciones espirituales del nuevo paradigma cuántico, o los beneficios de esa ambrosía venida de Oriente, el Reishi, donde según Dragó, se cifra el verdadero elixir de la eterna juventud. ¿También el de la eterna sabiduría?

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En el IV Encuentro Eleusino en Camboya, Frank de la Jungla muestra a Dragó un gekko salvaje que acaba de atrapar

Aunque en la Eleusis de Castilfrío se habla de todo eso y de mucho más, lo esencial aquí, tanto como la experiencia, es la vivencia, la aspiración al conocimiento entendido como una forma de hermandad que trasciende la verticalidad del maestro y el discípulo, la ausencia de estrados y jerarquías, la permeabilidad de las membranas que separan lo ortodoxo de lo heterodoxo, en una palabra, la ambición por compartirlo todo en una misma mesa.

Comunión eucarística y a un tiempo rabelesiana, esta Eleusis tiene tanto de esa mítica abadía de Thelema −donde la norma era «haz lo que quieras»−, como del legendario círculo hermético fundado por Hermann Hesse y Carl Gustav Jung en Montagnola. Sólo así se explica que, convocatoria tras convocatoria, la afluencia y el entusiasmo de los asistentes vaya a más. Que acudan a este Potala del Himalaya soriano desde los parajes más remotos de nuestra geografía. Y, lo más trascendental, que cuando caiga la noche, tantas veces sean los presuntos maestros quienes aprendan de los que se titulan discípulos.

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Los ponentes Dragó, Jesús Callejo, José María Poveda, Javier Esteban y Álvaro Bermejo comparten mesa con los alumnos en Castilfrío

 
Un viaje a la gnosis

Sucedía en la Eleusis que conoció Homero: los «mystai», los hierofantes encargados de enseñar a los peregrinos, se veían superados por los «epaptay», literalmente «los que han visto». Al calor de Castilfrío, todos cuantos acudimos a esta «llamada» entendida como el lugar donde se alza la Llama del Conocimiento, sabemos que este viaje a la Gnosis implica asimismo un viaje hacia lo desconocido. Prófugos felices, a semejanza de los protagonistas del Decamerón, heterodoxos buscadores de las raíces del sentido del mundo en un lugar apartado de él, no hacemos sino reincidir en esa peregrinación ancestral, subida mística al Monte Carmelo, descenso iniciático a los infiernos del ser, búsqueda de una auténtica sincronía entre el Hombre y el Cosmos.

Sólo así se explica la inmortalidad de Eleusis como concepto.

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Vista exterior del bungalow donde se celebraba el IV Encuentro Eleusino en Kampot (Camboya)

«¿Dónde se ha visto rivalizar más felizmente las palabras oídas y los mitos más admirables» −volvemos a Arístides de Atenas−. «¿Dónde han sido contempladas experiencias más sagradas en medio de apariciones indecibles, presenciadas por generaciones de bienaventurados?». Bajo el ditirambo, el sabio ateniense no hacía sino subrayar el rango de este centro de poder mistérico y espiritual, el más venerado y respetado de Grecia, pero también el único que se enfrentó abiertamente tanto a los mitos olímpicos como al universo de certezas heredadas, vigente en toda la Hélade. Tras las puertas del misterio, abrió a sus iniciados un conocimiento esotérico, de transmisión secreta, que incluía experiencias de muerte y evidencias salvíficas. Tutelado y acompañado por los dioses de los Misterios, con los que terminaba confundiéndose, el iniciado regresaba al mundo definitivamente iluminado por el conocimiento extático. Y entonces, según describe el gnóstico Sinesio, «los sacerdotes, con adornos en la cabeza y tañendo flautas sagradas, venían a su encuentro».

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Meditación al amanecer a la orilla del río Kampot con Francisco López-Seivane en el IV Encuentro Eleusino en Camboya

Aquella noche de luna de sangre −Virgo Paritura, ya lo hemos dicho−, el viento sobre la estepa sonaba como la flauta del dios Pan. Bastaba dar unos pasos a través de la oscuridad, ya no eran los sacerdotes, sino el rumor callado de ese encuentro con uno mismo y con todo lo viviente y pulsante. También él panteísta hasta la médula, debelador del humus mágico ancestral subyacente en las geografías de la vieja Iberia, Dragó puede dar por cierto que ha fundado una nueva Eleusis. Ninguna devoción como la despertada por la primera y originaria prendió más profundamente en el núcleo de la cultura clásica, ni marcó de forma más indeleble el espíritu de la antigüedad. Hoy ya no se trata de clonarla, ni de superarla. Basta con entrañarla, hacerla íntima y propia, personal pero también compartida, apenas entre unos pocos, esos «happy few» de todo tiempo y lugar. No cabe otra manera de rehumanizar el espíritu disociado de esta flagrante Posmodernidad donde los ciegos guían a los ciegos, y el verdadero conocimiento sigue siendo esencialmente secreto.

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Foto de familia del último Encuentro Eleusino en Castilfrío hasta la fecha, con el autor de este reportaje en el extremo derecho

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