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«Mira que te mira Dios: citar de frente a la muerte», con Fernando Sánchez Dragó

«¿Un infarto? No, no lo tuve. La patología del del corazón es, a menudo, aunque no siempre, sinuosa, ambigua, solapada. En mi caso lo fue. Sus síntomas eran tan ligeros, tan difíciles de sentir y de identificar, que apenas llegaban a ser conscientes. Y cuando lo eran, cuando me percataba de que no todo iba bien en mi organismo, los atribuía, por lo general, a causas y cosas que nada o muy poco tenían que ver con ellos. La gente es insensata. Yo también lo era. Sólo nos acordamos de que el corazón está ahí, latiendo bien o mal, cuando su zurriagazo nos tira de repente al suelo. Me fatigaba a veces, especialmente en las ciudades, por su contaminación, o subiendo cuestas, pero no era alarmante o, al menos, y en función, supongo, de mi inveterado y desalado optimismo, no me alarmaba. También yo era víctima del mito de mi salud hercúlea. Jornadas hubo, cierto, aquí o en las antípodas, en las que sin causa concreta llegué a sentirme sin ki, sin energía, sin tono, sin élan vital, que diría Bergson, físicamente derrengado, pero el cerebro funcionaba bien, eso, hasta ahora, siempre, y como en el cerebro está la voluntad y la voluntad es el motor de todo, también del cuerpo, seguía éste moviéndose como si nada, entrando y saliendo, subiendo y bajando, trepando, reptando y buceando, yendo de aquí para allá y de allá para aquí como una liebre o como una tortuga, según los casos, y hacía programas de televisión, y pontificaba en la radio, y daba conferencias, y escribía libros o cosillas de periódico, y concedía entrevistas, y almorzaba con gente importante o cenaba con perfectos desconocidos, y levantaba sueños de piedra, ladrillo, revoque y filosofía en mis predios de Castilfrío, y atendía a las exigencias y compromisos de la testosterona, y así, en el vórtice de ese tráfago, figúrate, mi flojera corporal pasaba, la pobre, prácticamente inadvertida, no le hacía ni puñetero caso, pues de nada sirven dengues y melindres de debilidad física donde sobra corazón, vaya por Dios, ya salió a relucir éste, por más que a mí no me sobrase, sino que más bien me faltara, y el desánimo, sintiéndose como un huésped incómodo, hacía mutis, se desvanecía, dejaba de incordiar, nunca mejor dicho esto último, y yo me olvidaba de él, decía para mis adentros ¡bah!, ¡tonterías!, y engullía, si acaso, una cápsula de guaraná o medio comprimido de cafeína, y seguía dale que te pego, y… ¡Con decir, que muy poco antes de la hecatombe, cuando yo estaba, sin saberlo, con el corazón estrangulado y a punto de estirar la pata, me fui con mis hijos y mi nieto a Camboya y a Vietnam, y allí anduve para arriba y para abajo por las verticalísimas escalinatas y graderíos de los templos de Angkor, por los empinados arrozales de lo que fue Indochina (…), y llegué, incluso, lo recuerdo despavorido, no sé cómo no caí fulminado, a remontar, saltarín y monicaco yo, centenares y centenares de peldaños de piedra viva, ¿o serían por desventura miles?, hasta alcanzar, jadeante y tambaleándome, pero sin perder la dignidad ni la sonrisa, la última plataforma del último jodido templo con belvedere incorporado de las empingorotadas Montañas de Mármol existentes en las cercanías de la prodigiosa aldea de Hoi An.

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»(…) Fue en un hotelillo minimalista de Barcelona donde el corazón y la Parca me dieron el primer aviso contundente. Sucedió mientras follaba. Había tomado yo esa noche, cosa que nunca había hecho antes ni he vuelto a hacer después media pastilla de Cialis (una variante del Viagra), y chico, el efecto fue contundente, como si tuviese veinte años, nos fuimos Naoko y yo al hotel, lió ella un par de canutos, los fumamos a medias, y ñacañaca, perdónenme la expresión, sé que es vulgar a más no poder, pero gráfica, qué diablos, durante cosa de un par de horas. Laminé a mi contrincante, la deshice y se quedó, feliz, dormidita, mientras yo, aún enhiesto y dispuesto, empezaba a notar cosas muy raras, una especie de ahogo, de disnea, de revoloteo del corazón, de opresiones torácicas, de disfunciones musculares y óseas en las proximidades de mi hombro izquierdo, nada especialmente grave ni excesivamente llamativo, un ser y no ser, un estar y no estar, todo, eso sí, bajo control, ni siquiera desperté a la Bella Durmiente, me limité a acompasar en la medida de lo posible mi respiración a la suya, tan serena, me incorporé, pensé en el Buda, visualicé su sonrisa y fui recuperando poco a poco la estabilidad fisiológica.

»(…) La muerte llevaba varios años sobrevolándome, rondándome, ronroneando alrededor de mí, amagando sin dar… En septiembre de mil novecientos noventa y ocho estuve a punto de morir asfixiado en Dinamarca. En abril de dos mil tres me mordió un perro rabioso en Etiopía. En febrero de dos mil cuatro sufrí un aparatoso accidente de coche, de esos que suelen ser letales, en una autopista francesa.»

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